
El sábado 7 de Noviembre fue el cumpleaños de uno de mis 4 hermanos, el único que vive en Venezuela. Lo llamé por teléfono, le canté cumpleaños feliz y supe que allá en mi patria abandonada todos estaban bien, inclusive mi anciana madre. A seguir, asustada con lo que mi hija benjamín había escrito en su blog (pero no lo había escrito sino simplemente lo había transcrito, pues era la letra de una música de Seu Jorge y Ana Carolina sobre los personajes famosos de la humanidad que acabaron con su propia vida) también llamé por teléfono a mi hijita benjamín y le prometí que iría a São Paulo a acompañarla hasta el viernes que es cuando se le acaba el plazo para entregarle a su tutora (si ella lo acepta) su proyecto de post-graduación. No parece algo suficientemente grave como para ser motivo de suicidio, pero mi hijita además de estudiar también trabaja y no tiene tiempo ni de alimentarse bien. Para completar, su jefa se fue una semana a Constantinopla a un congreso de autoridades municipales y la dejó en su cargo y tanta responsabilidad dejó a mi hijita arrasada, exhausta, postrada de cansancio. Entonces le prometí que al día siguiente, al terminar el almuerzo al que había sido invitada y ya yo había aceptado ir, agarraría el primer autobús a São Paulo para ir a ayudarla. Colgué el teléfono y subí 500 escalones hasta mi capillita de Nuestra Señora Milagrosa de los Vientos rezando por mi hijita benjamín, lástima que apenas en los momentos en que me lo permitía Shrek, quien me acompañó, pero, siempre hablando, hablando. Él solamente consigue quedarse en silencio cuando está furioso o viendo una partida de fútbol. A veces pienso que más que un ogro, él es una guacharaca.






